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que animal usa el campo magnetico para navegar, Paloma mensajera volando sobre paisaje con líneas magnéticas visibles
naturaleza ·#263 ·Lectura 8 min. · Redactor: Alicia Zapatero

¿Que animal usa el campo magnetico para navegar?

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Las palomas mensajeras fueron el primer animal en el que se descubrió la magnetorrecepción, y su brújula aviar se encuentra en los ojos, no en el pico.

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El GPS instintivo de la naturaleza: animales que navegan con el campo magnético

La magnetorrecepción, también conocida como magnetocepción, es la capacidad que poseen ciertos seres vivos de percibir la dirección, la intensidad y el sentido del campo magnético terrestre. No se trata de un truco, ni de una intuición borrosa: es un sentido real, integrado en los sistemas sensoriales del organismo, que funciona como un GPS instintivo embebido en la biología. Permite orientarse, migrar, localizar lugares específicos y saber en qué latitud se encuentra uno sin necesidad de mapas ni instrumentos.


El primer animal en el que se descubrió esta capacidad fue la paloma mensajera. Su famosa habilidad para regresar al punto exacto del que procede, tras ser transportada en jaulas durante cientos de kilómetros, no depende de un destino impuesto por su entrenador. Depende del instinto de volver a casa, apoyado en una vista excepcional, una memoria espacial prodigiosa y la percepción del campo magnético terrestre, que le indica cuál es la dirección correcta.


Durante las dos Guerras Mundiales, las palomas se emplearon para transmitir mensajes y delatar posiciones enemigas en el frente, atando un pequeño pedazo de papel a sus patas. En cierto modo, fueron los primeros drones de la historia, hechos de carne, hueso y plumas, cuya eficacia dependía precisamente de esa orientación magnética.


Un estudio publicado en 2019 en la revista Journal of The Royal Society Interface, titulado Magnetoreception in birds, determinó que las aves pueden extraer dos tipos de información del campo geomagnético: la dirección de las líneas de campo, que actúa como brújula, y la intensidad magnética, que aporta referencia de posición. Es decir, el campo magnético les dice tanto hacia dónde ir como dónde están.


Tras las palomas, la ciencia confirmó que la magnetorrecepción está muy extendida. La comparten otras aves, tortugas marinas, salmones, langostas espinosas, abejas, truchas, elasmobranquios como tiburones y rayas, ciertos hongos e incluso bacterias magnetotácticas. No es un rasgo exclusivo de una especie: aparece con evidencias de distinto grado en artrópodos, moluscos, vertebrados, insectos, hongos y organismos microscópicos.


Para entender cómo detectan ese campo tan débil e invisible, los investigadores manejan tres hipótesis principales que probablemente coexisten según la especie:

  • Magnetita: cristales microscópicos de óxido de hierro que se alinean con el campo terrestre y, al ejercer tensión sobre estructuras celulares, activan señales nerviosas. Funcionan como una aguja de brújula a escala microscópica dentro del cuerpo.
  • Criptocromos: proteínas sensibles a la luz, implicadas en los ritmos circadianos, que al ser excitadas generan pares de radicales cuyos electrones desapareados se ven influidos por el campo magnético, modificando una señal visual o neuronal.
  • Inducción electromagnética: al moverse a través del campo se genera una señal eléctrica detectable, especialmente relevante en animales acuáticos con estructuras electrosensoriales como los tiburones y las rayas.

En las bacterias magnetotácticas y ciertos hongos existen estructuras llamadas magnetosomas, órganos que alojan cristales de magnetita o greigita organizados en cadenas. La brújula biológica no empezó en los grandes animales; puede existir incluso en organismos microscópicos.


En las abejas, la magnetita está embutida en la membrana celular de grupos neuronales concretos, y se cree que al reorientarse siguiendo el campo terrestre induce corrientes que modifican la polarización celular. Los únicos magnetorreceptores plenamente demostrados se encuentran en varias bacterias y en el fitoplancton.


La hipótesis que situaba la brújula de las aves en partículas de magnetita del pico fue descartada: esas estructuras no estaban conectadas con el sistema nervioso. La brújula aviar, según la evidencia actual, se encuentra en los ojos, ligada al criptocromo y a la fotoexcitación.

“Los salmones jóvenes usan un mapa magnético heredado genéticamente para regresar a su río natal tras miles de kilómetros en el océano.”

Dato clave
que animal usa el campo magnetico para navegar, Salmón juvenil en el océano guiado por magnetismo terrestre
Imagen

Salmón juvenil en el océano guiado por magnetismo terrestre

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Magnetorrecepción, brújulas vivas y el sentido invisible que guía a miles de kilómetros

Un estudio publicado en Nature demostró que el criptocromo 4 del petirrojo europeo, un ave migratoria nocturna, es magnéticamente sensible in vitro, y más sensible que el criptocromo 4 de especies no migratorias comparadas en el mismo trabajo. Es evidencia molecular sólida de que el mecanismo podría existir en aves migratorias, aunque la ruta neuronal completa en el animal vivo sigue investigándose.


En magnetorrecepción conviene distinguir dos capacidades que no son excluyentes:

  • Brújula magnética: responde a la pregunta ¿hacia dónde voy?. Permite mantener una dirección general respecto al campo.
  • Mapa magnético: responde a ¿dónde estoy?. Permite interpretar variaciones del campo como pistas geográficas concretas de posición.

Las tortugas marinas ilustran esta distinción con claridad. Desde muy jóvenes recorren rutas oceánicas enormes usando información magnética para orientarse en mar abierto. Experimentos con tortugas bobas han logrado separar el mapa magnético de la brújula mediante ensayos de condicionamiento. Una tortuga recién nacida puede entrar en el océano portando una referencia invisible que los humanos no percibimos.


Los salmones son otro caso notable: famosos por regresar a zonas concretas tras largos recorridos oceánicos, experimentos con juveniles sugieren que combinan intensidad magnética e inclinación magnética para evaluar su posición geográfica. Ese mapa magnético parece heredado, lo que implica que no todos los mapas se aprenden; algunos vienen escritos en la propia biología del animal.


Las langostas espinosas han mostrado capacidades de navegación sorprendentes. Un estudio clásico publicado en Nature concluyó que su navegación verdadera podría basarse en un sentido de mapa magnético. Incluso en el fondo marino, el planeta ofrece coordenadas utilizables por un animal.


Los elasmobranquios, tiburones y rayas, poseen canales internos que funcionan como cables eléctricos, relevantes para la inducción electromagnética. Las abejas usan magnetita neuronal. Los perros han sido observados defecando alineados con el campo magnético terrestre, un dato curioso que refleja una sensibilidad magnética involuntaria.


Las aves migratorias recorren miles de kilómetros combinando varias señales a la vez: posición del Sol, estrellas, olores, referencias visuales y campo magnético. Para un ave migratoria el cielo no es solo luz; también es orientación. Incontables experimentos demuestran que imanes colocados en la cabeza de las aves o campos magnéticos artificiales son capaces de desorientarlas, prueba directa de la relación entre su navegación y el magnetismo.


La señal magnética es débil, variable y dependiente del contexto. Muchos animales la usan como referencia adicional, no como único sistema. La combinan con luz, olor, estrellas, corrientes, memoria y paisaje. No es una brújula perfecta: es un sistema complementario que puede ser ruidoso y lento.


En seres humanos existen depósitos de materiales magnéticos en el hueso etmoides de la nariz, y un estudio publicado en eNeuro en 2019 informó de respuestas cerebrales específicas en banda alfa ante rotaciones de campos magnéticos similares a los terrestres. Sin embargo, los propios autores señalan que la magnetorrecepción humana se ha probado pocas veces y con resultados inconclusos. Lo que existe es una línea de investigación abierta sobre si el cerebro humano puede procesar cambios magnéticos de forma inconsciente, algo muy distinto a poder sentir el norte conscientemente.


La magnetorrecepción cambia nuestra idea de los sentidos. Durante mucho tiempo explicamos la percepción animal desde los nuestros —vista, oído, olfato, gusto, tacto—, pero la naturaleza no está limitada por la experiencia humana. Cada especie vive una versión distinta del mundo. Donde nosotros percibimos espacio vacío, otras formas de vida encuentran dirección, memoria, ruta o territorio. El planeta no es silencioso; simplemente no todos podemos escucharlo de la misma manera.

Conclusión:

¿que animal usa el campo magnetico para navegar?

La próxima vez que veas una paloma surcar el cielo, piensa que dentro de su cuerpo viaja una brújula microscópica, un cristal de magnetita o una proteína sensible a la luz que le susurra hacia dónde está su casa. No necesitamos inventar mundos paralelos; el nuestro ya es más rico de lo que percibimos. El campo magnético terrestre, invisible e incesante, traza rutas para tortugas, salmones, langostas y bacterias, y nos recuerda que la navegación no exige pantallas ni satélites: a veces basta con nacer sabiendo hacia dónde ir.

Fuentes: 1º 1º es.wikipedia.org, 2º 2º nationalgeographic.com.es, 3º 3º astro-nebula.com, 4º 4º univision.com
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Redacción: Alicia Zapatero · Actualizado en: 23/10/2026
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