Cuando escuchamos la expresión animal que no tiene corazón, solemos imaginar un caso aislado, pero la verdad es bastante más sorprendente: existen enteros filos del reino animal que carecen por completo de corazón, y con él de todo el aparato circulatorio que conocemos. En concreto, los grupos que no poseen corazón son los poríferos (esponjas), los cnidarios o celentéreos (medusas, corales, anémonas y cubomedusas), los platelmintos (planarias, trematodos y cestodos) y los nematodos (lombrices redondas). Estos animales, además de no tener corazón, tampoco tienen arterias, venas, capilares ni fluido circulatorio. La razón de fondo es evolutiva: su cuerpo es tan simple, a menudo de solo dos capas de células, que no necesitan una bomba centralizada. El oxígeno, los nutrientes y los desechos se mueven por difusión directa, es decir, las moléculas pasan de una célula a otra hasta llegar a donde hacen falta. Este método solo funciona si el animal es pequeño o muy delgado, porque la difusión es lenta a largas distancias. De ahí que casi todos estos animales sean diminutos, aplastados o de cuerpo gelatinoso. Un caso emblemático es la planaria, ese gusano plano y transparente que se regenera casi entero si lo cortamos en pedazos: no tiene corazón, pero vive perfectamente bien difundiendo nutrientes a través de su cuerpo delgadísimo. Otro ejemplo fascinante son los tardígrados (ositos de agua), microanimales de menos de un milímetro que tampoco tienen corazón ni circulación, y que además pueden entrar en estado de criptobiosis para sobrevivir a la deshidratación extrema, al vacío del espacio y a temperaturas cercanas al cero absoluto. Es decir, que no tener corazón no impide ser uno de los animales más resistentes del planeta.
Quizá lo que más sorprende de los animales sin corazón es que su forma de vida demuestra que la anatomía no tiene una única solución posible. En las esponjas, ni siquiera hay tejidos verdaderos: el agua entra por poros, atraviesa el cuerpo y arrastra oxígeno y comida hasta cada célula de forma directa. En las medusas, el cuerpo es casi un 95 por ciento agua y gelatina, así que la difusión recorre distancias minúsculas y basta para mantenerlas vivas mientras pulsan en el océano. En los platelmintos, el intestino es ramificado y llega muy cerca de todas las células, acortando el camino que tienen que recorrer los nutrientes. Y en los nematodos, que sí tienen un tubo digestivo completo, el líquido del interior del tubo intestinal también sirve para repartir sustancias hacia los tejidos vecinos. La clave científica es una sola: la difusión solo funciona en distancias cortas. Por eso, a medida que los animales evolucionaron cuerpos más grandes y más activos, aparecieron sistemas de bombeo. Los anélidos desarrollaron un vaso dorsal contráctil, los artrópodos un corazón tubular dorsal y los vertebrados el corazón de cámara doble o múltiple que conocemos. Dicho de otro modo, el corazón no es un lujo, sino una necesidad que aparece cuando el cuerpo crece demasiado para que la difusión sola lo alimente. Los animales que no tienen corazón son, en el fondo, los que nunca necesitaron uno, y su existencia nos recuerda que la vida ha resuelto el problema de la nutrición con soluciones sorprendentemente variadas.
En conclusión, no existe un único animal que no tenga corazón, sino varios filos completos: poríferos, cnidarios, platelmintos y nematodos viven sin corazón ni sangre, gracias a la difusión intercelular de nutrientes. Si quieres saber más sobre la anatomía de estos animales o ver ejemplos con más detalle, te invito a profundizar en su fisiología en cualquier manual de zoología, donde se explica con claridad cómo la evolución resolvió el bombeo de fluidos de formas tan distintas.