Los animales que llevan a sus crías en la espalda hasta que maduran
El reino animal es un catálogo inagotable de estrategias de cuidado parental, y una de las más fascinantes, visualmente impactante y entrañable, es la de llevar a las crías sobre el lomo o la espalda. Este comportamiento no se limita a una familia taxonómica: lo hemos observado en arácnidos, anfibios, marsupiales, primates y reptiles, y responde a necesidades muy concretas de supervivencia. Protección frente a depredadores, movilidad del adulto, creación de un vínculo estrecho entre progenitor y descendencia... cada especie ha resuelto el problema del cuidado de la cría con una solución que, en muchos casos, resulta asombrosa.
El ejemplo más emblemático y frecuente es el de la araña lobo, perteneciente a la familia Lycosidae, grupo que incluye también a especies conocidas popularmente como tarántulas. Estas arañas habitan ambientes húmedos, cuevas de bosques templados y suelos forestales, y se caracterizan por un tamaño que en hembras puede alcanzar los tres centímetros, con unos ojos grandes que les otorgan una vista mucho más privilegiada que la de otras arañas. No son tejedoras de telas complejas: cazan a la carrera, persiguiendo a la presa hasta atraparla, y de ahí viene su sobrenombre.
Todas las especies conocidas de arañas envuelven sus huevecillos con tela de seda para proteger a las futuras crías, formando un bulto ordenado. Sin embargo, la manera de custodiar esos sacos varía enormemente de unas especies a otras, y algunas no solo vigilan los huevos con celo, sino que, una vez que eclosionan, permiten que las crías trepen por sus patas hasta alcanzar la espalda materna, donde permanecen durante un tiempo variable hasta que logran independizarse.
En el caso concreto de la araña lobo, tras la eclosión del saco de huevos que la hembra porta en el vientre envuelto en seda, los pequeños arácnidos trepan por las patas de la madre hasta su dorso. Allí se aferran en montones: una primera capa se adhiere a las vellosidades del cuerpo materno, mientras que las capas superiores se apilan sobre sus propios hermanos, formando una verdadera montaña viviente de crías. Una camada completa puede permanecer amontonada en la espalda de su madre durante más de una semana, ya que por lo general los pequeños arácnidos no requieren alimento de forma inmediata.
La madre, orgullosa y paciente, se detiene con regularidad en pequeños charcos de agua para que sus pequeños puedan descender e hidratarse un poco antes de volver a subirse. Este transporte en el lomo cumple una función defensiva muy clara: mantiene a las crías a salvo de depredadores como las avispas o el escorpión amarillo, que constituyen las amenazas más importantes de estos arácnidos en la cadena alimenticia. Las fotografías de arañas cargando cientos de bebés en el dorso resultan sorprendentes y se han viralizado en redes sociales.
La araña lobo pone centenares de huevos que cubre con una especie de seda y que lleva en el abdomen hasta que nacen las crías, las cuales trepan después a su espalda. Su color es marrón y su cuerpo está cubierto de pelo; algunas presentan líneas negras, grises o naranjas que les sirven de camuflaje en el suelo del bosque.
Otro arácnido singular es la Amblypygi, conocida como araña whip americana o araña escorpión, que también transporta centenares de crías sobre su cuerpo. Esta especie tiene unos 300 millones de años y ha evolucionado muy poco con el paso del tiempo. Su cuerpo mide unos cinco centímetros y sus patas pueden llegar a los treinta, terminadas en pinzas muy similares a las de los escorpiones, de ahí su apodo.
A diferencia de los escorpiones verdaderos, la Amblypygi no es peligrosa para el ser humano, pues carece de glándulas capaces de segregar veneno, por lo que no hay motivo de alarma si uno se topa con ella. Su instinto de protección maternal, visible en las imágenes de hembras cargadas de crías, ha dado la vuelta al mundo.
Entre los anfibios destaca la rana Cryptobatrachus boulengeri, una especie devota que lleva a sus crías en la espalda a donde quiera que va. Tras el amplexo, los huevos se adhieren al dorso de la hembra, donde son incubados y protegidos durante todo su desarrollo, de modo que la madre se convierte literalmente en el nido viviente de su nidada.
En esta especie pueden observarse como mínimo 23 ranas sujetas al dorso de su madre, con sus ojos negros azabache resaltando en las pequeñas cabezas de las crías, un espectáculo que muestra hasta qué punto puede llegar la inversión parental en los anfibios. Existen al menos dos mecanismos que garantizan la adhesión sólida de la masa de huevos al dorso materno: uno mecánico, basado en el anclaje de la envoltura de los huevos dentro de pequeñas invaginaciones epiteliales repartidas por todo el tegumento de la hembra, y otro químico, debido a las secreciones pegajosas de las glándulas cutáneas, especialmente las denominadas G2.
“La rana Cryptobatrachus boulengeri funciona como un nido viviente: al menos 23 crías se adhieren al dorso materno mediante anclaje mecánico y secreciones químicas de glándulas G2.”
Dato clave