Por qué algunos animales se extinguen y qué está provocando su desaparición
La extinción, en su sentido más puro, ocurre cuando una especie desaparece por completo de la Tierra. No queda un solo ejemplar, no hay refugio, no hay forma de recuperarla. Es un proceso que ha existido siempre, ligado a la evolución misma: una especie se apaga cuando otra, mejor adaptada al entorno, toma su lugar en la cadena de la vida.
Durante los miles de millones de años de historia del planeta, han sucedido extinciones masivas, episodios en los que las condiciones ambientales cambiaron de forma tan drástica que la vida no pudo seguir el ritmo. Los dinosaurios desaparecieron hace unos 66 millones de años tras el impacto de un asteroide. Trilobites, mamuts, el dodo, el quagga... la lista es larga y forma parte del ciclo natural.
El problema de hoy es que ese ciclo se ha roto. En la actualidad, las especies se extinguen a un ritmo mil veces superior al registrado desde la prehistoria. Y la causa principal no es un meteorito ni una glaciación: es el ser humano, directa o indirectamente. Algunos científicos estiman que en menos de treinta años se habrán perdido más de medio millón de especies. Y cuando una especie se apaga por la intervención humana, no llega ningún sustituto mejor preparado. No actúa la selección natural, y ese vacío queda para siempre.
La causa número uno: la destrucción del hábitat. Los animales pueden extinguirse por muchas vías: captura ilegal, caza excesiva, introducción de especies exóticas, contaminación, enfermedades importadas, cambio climático. Pero la causa más importante, con diferencia, es la destrucción de sus hábitats. Y detrás de esa destrucción está la agricultura, seguida de la ganadería. La agricultura animal ocupa alrededor del 40% de la masa terrestre y es responsable del 75% de la deforestación mundial.
El planeta cambia, sí. Sus hábitats varían con el tiempo. Pero esos cambios naturales son progresivos, graduales, duran millares de años, y las especies tienen margen para adaptarse. Lo que no ocurre ahora. Los cambios se dan a una velocidad brutal, impulsados por la actividad humana, y los animales simplemente no tienen tiempo para responder. Cuando talan un bosque, cuando transforman una pradera en pasto, cuando desecan una ciénaga, los animales que vivían allí quedan condenados a la desaparición.
Las carreteras y las presas cortan el territorio. La deforestación y los incendios provocados por el hombre arrasan extensiones enormes. El tráfico atropella fauna salvaje, emite contaminantes y fragmenta lo que queda de hábitat. Todo esto hace que el espacio disponible para los animales sea cada vez más escaso y esté más partido en pedazos pequeños, aislados, difíciles de cruzar.
La ganadería industrial empuja la deforestación para alimentar ganado y para pastoreo, un problema gravísimo en la Amazonia, donde la demanda de la producción industrial de carne talas tierras a un ritmo alarmante, desplazando a más de diez mil especies. La cría comercial de fauna silvestre captura animales reproductores en la naturaleza y fomenta el tráfico. El desarrollo urbano, las carreteras, el turismo invaden zonas silvestres. La minería, la tala, la exploración petrolera y la agricultura a gran escala convierten hábitats naturales en lugares inhabitables.
Y los incendios, que suelen ser el método para deforestar, destruyen la vegetación autóctona y desplazan animales que se desorientan, se pierden, mueren. Los cachorros quedan huérfanos, sin madre, sin refugio, sin alimento.
Los hábitats más amenazados del mundo están concentrados en tres zonas:
- La Amazonia, donde la deforestación y el uso ilegal de la tierra destruyen hábitats críticos para jaguares, lobos de crin y tapires.
- El Sudeste Asiático, donde los bosques se talan para sembrar palma aceitera, empujando a orangutanes, elefantes y tigres hacia la extinción.
- Las sabanas africanas, cuya degradación amenaza a leones y jirafas.
“La agricultura animal ocupa el 40% de la superficie terrestre y causa el 75% de la deforestación mundial”
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