Siembra de quinua en Bolivia: la guía del productor andino
La quinua (Chenopodium quinoa Willd.) es un pseudocereal milenario, cultivado desde hace unos 5000 años en las zonas andinas de Bolivia y Perú. Los Incas la llamaban la planta sagrada, y su cuna se encuentra en los alrededores del lago Titicaca y del salar de Uyuni. Se trata de un cultivo anual: cada año hay que sembrarla, y su enorme variabilidad genética le permite crecer desde el nivel del mar hasta las cotas más altas de la cordillera, en suelos de texturas muy distintas, con precipitaciones que van de 0 a 1000 mm y temperaturas que oscilan bajo cero hasta más de 30 °C.
En Bolivia, la producción de quinua es la principal fuente de ingresos para miles de familias productoras asentadas en todo el altiplano. El grano cada vez obtiene mejor precio en los mercados internacionales, lo que se traduce en ganancias crecientes para quien lo cultiva. Por eso, sembrar bien no es un lujo, es una necesidad económica.
La planta desarrolla raíces profundas y bien ramificadas, de tipo pivotante, con una raíz principal de la que salen numerosas raíces laterales, entre 0,8 y 1,5 m de longitud. Esa red subterránea le da resistencia contra la sequía. Los tallos alcanzan entre 1 y 3 metros según la variedad y terminan en un racimo de flores llamado panoja. Las hojas son simples y van cambiando de color con la edad de la planta. Las flores, pequeñas, se desarrollan al final del tallo formando la inflorescencia en forma de panoja; cada florcita da un fruto dentro del cual se contiene la semilla, que es pequeña, redonda y aplanada, de solo 2 milímetros. Los granos pueden ser blanco, café, amarillo, rosado, gris, negro o con colores combinados.
Existen cientos de variedades en Bolivia. En el altiplano sur, centro de origen de la Quinua Real (compuesta por más de 50 tipos), las más sembradas en la zona del intersalar son Real Blanca, Toledo, Pisankalla y Chiara, todas con grano grande y contenido de saponina. Según el ciclo a la madurez se clasifican así:
| Grupo | Madurez (días) | Variedades representativas |
|---|---|---|
| Tardías | 170 – 180 | Real Blanca, Pandela, Pisankalla, Chiara, K'ellu |
| Semiprecoces | 150 – 170 | Mocko, Utusaya |
| Precoces | 140 – 150 | Maniqueña |
En municipios como Uyuni se cultivan Real Blanca, Pandela, Amarillo, Pisankalla y Negra. En Llica se agregan Maniqueña, Mocko y Pirita; en Colcha K hay preferencia por Real Blanca, y en Salinas de Garcí Mendoza se siembran también Utusaya y Toledo. En la zona de Tarija y Chuquisaca se probaron Blanca Real, Sajama, Pasancalla, K'ellu, Pantela, Waranga y Toledo, resultando la Sajama la mejor adaptada, junto con K'ellu, Pasancalla y Pantela, esta última especialmente para zonas de valle.
La selección de semilla es una práctica fundamental. Se empieza en la parcela durante la maduración fisiológica, escogiendo plantas con forma definida de panoja, del mismo color y con el mismo periodo de maduración. Estas plantas se cosechan y se emparvan por separado. La trilla separa los granos, que luego se ventean para limpiarlos. Después se arnean en tamices de 2 mm de orificio para separar los granos grandes (mayores de 2 mm), que se guardan en sacos identificados. Una semilla seleccionada garantiza buena germinación, adecuado enraizamiento y una población de plantas uniforme; lo ideal es usar semilla certificada conforme a las normas vigentes del país.
La mezcla de variedades y el uso de semilla de mala calidad es una de las principales causas de la calidad deficiente del grano, porque provoca maduración irregular en el campo y limita las exportaciones. Así que antes de tocar un solo surco, hay que asegurarse de tener buena semilla.
En cuanto a suelos, la quinua se adapta desde los más sueltos (arenosos) hasta los pesados (arcillosos), comportándose mejor en suelos sueltos donde no se encharca el agua y respondiendo bien a suelos ricos en materia orgánica, con mucho guano o estiércol. Tolera bien los suelos salinos o salitrosos, las costras de sal del altiplano, y se produce en gran cantidad en los bordes del salar de Uyuni, como en Salinas de Garcí Mendoza, considerada la tierra de la quinua. Los suelos óptimos son los francos de buen drenaje, semi profundos y con alto contenido de materia orgánica; se deben evitar suelos con anegamiento o inundación, que dificultan el establecimiento inicial y propician la podredumbre radicular. La quinua crece en un rango de pH de 4,5 a 9,0, siendo el altiplano peruano-boliviano y los salares de Bolivia los suelos más alcalinos.
Las condiciones agroclimáticas óptimas están entre 15 y 25 °C. La planta tolera heladas y temperaturas altas durante la fase vegetativa y la formación de la inflorescencia, pero no desde la floración hasta el estado de grano pastoso; tanto las bajas como las altas temperaturas en ese periodo originan esterilidad de polen y granos inmaduros, arrugados o de bajo peso. La precipitación óptima es de 500 a 800 mm, aunque el cultivo se desarrolla entre 300 y 1000 mm. En el altiplano sur apenas llueve cerca de 200 mm al año, concentrados en diciembre (15%), enero (36%), febrero (31%) y marzo (12%), de forma muy irregular. Los periodos críticos de humedad son la germinación-emergencia, que determina el establecimiento del cultivo, y el crecimiento y llenado del fruto, que determina la productividad.
La preparación de terrenos es una labor muy importante tanto para el desarrollo del cultivo como para el control de malezas. En la práctica se utiliza el arado de disco para incorporar la vegetación presente en la parcela, aunque es recomendable el uso del arado de cincel o de labranza vertical para disminuir el exceso de remoción y dejar la mayor cantidad de residuos en superficie, de modo que el suelo quede menos expuesto a la erosión eólica. El proceso completo incluye aradura, desterronado con grada de discos en dos sentidos (grada cruzada), nivelación del campo y surcado. Aportar materia orgánica de manera constante es la base del mantenimiento sostenible de la fertilidad: se recomienda aplicar de 10 a 20 toneladas de estiércol por hectárea antes de la siembra, pudiendo compostarlo con aceleradores de descomposición para que los nutrientes estén más disponibles.
“Con manejo agronómico apropiado se alcanzan 1 a 7 t/ha; en el altiplano sur sin manejo adecuado apenas se llegan a 600-800 kg/ha.”
Dato clave