Antes de comenzar con la plantación es fundamental seleccionar la variedad de olivo más adecuada para el clima local, ya que aunque es una especie resistente al frío y la sequía, existen cultivares como la Picuda o la Arbequina que se adaptan mejor a distintas zonas. El primer paso técnico consiste en preparar el hoyo de plantación, que debe tener dimensiones aproximadas de 60 por 60 centímetros de profundidad y anchura. Es crucial no añadir tierra fresca directamente al fondo si el suelo es arcilloso, sino mezclar el sustrato extraído con materia orgánica madurada para mejorar la estructura y la retención hídrica, evitando así la asfixia radicular. El olivo prefiere suelos bien drenados y ligeramente alcalinos, por lo que en terrenos con tendencia a encharcarse se recomienda elevar el terreno mediante un terraplén de unos 30 centímetros para garantizar que las raíces no se pudran durante las épocas de lluvia intensa o riego excesivo.
El momento óptimo para plantar el olivo en el hemisferio norte es durante la primavera, concretamente entre marzo y junio, cuando las heladas han cesado pero aún no han llegado las altas temperaturas estresantes. Al colocar el cepellón de la planta en el hoyo, hay que asegurarse de que el cuello de la raíz quede a la misma cota que estaba originalmente en la maceta o en el vivero, evitando enterrarlo excesivamente. Tras situar la planta, se rellena el espacio con la tierra preparada y se compacta suavemente con los pies para eliminar bolsas de aire que pudieran deshidratar las raíces. Es imprescindible realizar un riego abundante inmediatamente después de la plantación, conocido como riego de asiento, para que el sustrato se asiente alrededor del sistema radicular y se establezca el contacto directo con las raíces.
La siembra correcta es la base para un árbol sano y productivo a largo plazo. Recuerda que la paciencia y el mantenimiento constante durante los primeros tres años son clave para asegurar la supervivencia y el vigor del olivo.