Plantar inhame es un proceso gratificante que requiere atención a los detalles para garantizar el desarrollo óptimo de la planta. Este tubérculo, conocido científicamente como Dioscorea rotundata, prefiere un suelo bien drenado y fértil, con un pH ligeramente ácido o neutro, entre 5.0 y 6.5. Antes de plantar, es fundamental preparar el terreno removiendo la tierra hasta una profundidad de al menos 30 centímetros para eliminar piedras y maleza, asegurando que el agua no se estanque, ya que las raíces son susceptibles a la pudrición si se saturan de humedad. El mejor momento para la siembra coincide con el inicio de la estación cálida, cuando las temperaturas del suelo superan los 15 grados centígrados, lo que estimula la germinación y el crecimiento inicial de los estolones o brotes.
Una vez ubicados los estolones a unos 5 o 10 centímetros de profundidad, con el ojo o brote apuntando hacia arriba, se debe realizar un riego abundante para asentar la tierra alrededor de la base. El mantenimiento posterior implica mantener el suelo constantemente húmedo pero encharcado, lo que puede lograrse mediante riego por goteo o manual según la escala. La fertilización es clave; se recomienda aplicar un fertilizante equilibrado al momento de la siembra y luego añadir materia orgánica como compost o estiércol bien curado durante el ciclo de crecimiento para nutrir las raíces en formación. Además, la instalación de trepa o tutor es opcional pero beneficiosa, ya que permite que las hojas crezcan hacia arriba, mejorando la ventilación y la exposición a la luz solar, lo que reduce el riesgo de enfermedades fúngicas.
Con paciencia y los cuidados adecuados, la cosecha de inhames puede realizarse entre 3 y 6 meses después de la siembra, dependiendo de la variedad y las condiciones climáticas. Observa el marchitamiento de las hojas como señal de madurez de las raíces. Ya que es un tema de agricultura práctica, te recomiendo que busques una respuesta mas actualizada.